La reunión trilateral Israel-EE. UU.-Rusia: motivos y ramificaciones

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Por Zvi Magen

La reunión de los asesores de seguridad nacional de los Estados Unidos, Rusia e Israel a fines de junio es un logro de la política de Israel, que navega entre los intereses de Moscú y Washington y es parte en el diálogo de las superpotencias sobre el futuro de Siria y La intervención iraní en ese país. Para los Estados Unidos y Rusia, este es otro paso en sus esfuerzos por crear vínculos más estrechos y centrar el diálogo entre ellos en asuntos de disputa. 

La elección de Israel como sede de la reunión fue para enfatizar su papel regional, y también es posible que tanto Washington como Moscú tengan interés en expresar su apoyo a Israel en el contexto de Siria y de Irán. Israel tiene interés en participar en conversaciones sobre temas regionales, pero al hacerlo, también podría estar invitando a una medida de riesgo.

Los asesores de seguridad nacional de los Estados Unidos, Rusia e Israel se reunirán en Israel a fines de junio. Esto marca un logro para la política de Israel, que ha logrado navegar entre los intereses de Moscú y Washington y ser parte en el diálogo de las superpotencias sobre el futuro de Siria y sobre la intervención iraní en ese país. Para Estados Unidos y Rusia, este es otro paso en sus esfuerzos por crear vínculos más estrechos y centrar el diálogo entre ellos en asuntos que están en disputa. Este artículo pretende despejar al menos algo de la niebla que nubla la reunión.

 

La agenda de esta reunión, cuyo formato es inusual, aún no se ha hecho público. Los informes de los medios internacionales sugieren que pretende ser una discusión sobre un acuerdo sobre Siria. Este marco implicaría la discusión de la continua intervención de Irán en ese país. Pero se puede suponer que, dado el discurso mejorado entre Rusia y los Estados Unidos, la reunión tendrá un valor diplomático inherente en sí misma, y ​​que también abordará los problemas globales en las respectivas agendas de los poderes.

 

La intención (por parte de los Estados Unidos e Israel, al menos) parece ser discutir el desarrollo de una política compartida sobre Siria e Irán. En cuanto a Siria específicamente, se puede suponer que tratarán de promover un acuerdo sobre la base de las conversaciones lideradas por la ONU en Ginebra, en contra de las conversaciones celebradas en Astana en las que Rusia, Irán y Turquía participaron. Aquí, el objetivo sería avanzar la reforma política en Siria. Rusia, por su parte, exigiría un acuerdo de Estados Unidos para el papel oficial del presidente Bashar al-Assad y para su candidatura en las próximas elecciones presidenciales en Siria. Dado el empeoramiento de la crisis entre Irán y los Estados Unidos en la región del Golfo, los Estados Unidos esperan que Rusia apoye su política sobre la cuestión iraní,

 

No debe descartarse que el pivote en la política de Oriente Medio de Rusia, expresado en su acercamiento y estrecha cooperación con Israel después de un período visiblemente frío, así como en la creciente tensión con Irán y el régimen de Assad, se deba principalmente a su apuesta por crecer más cerca de los Estados Unidos. La reunión programada para llevarse a cabo en Israel es aparentemente otra manifestación de esto.

 

El creciente acercamiento entre Washington y Moscú es evidente recientemente por los contactos regulares entre altos funcionarios de ambos lados. Una reunión entre el presidente Donald Trump y el presidente Vladimir Putin también está programada al margen de la cumbre del G20 en Tokio. Sin embargo, aún es demasiado pronto para evaluar el éxito de este proceso, entre otras cosas debido a la presión doméstica que se aplica a cada presidente para evitar gestos que podrían mejorar las relaciones.

 

El presidente Trump puede sentirse más libre, al menos después de la publicación del informe del Asesor Especial Mueller, al menos cuando se trata de mantener un diálogo con Rusia. También parece que la administración Trump está actualmente interesada en tratar de aprovechar la disposición de Rusia para discutir la remoción de las fuerzas iraníes de Siria, en cooperación con Israel, e incluso tomar medidas frente a Irán para mitigar las tensiones en el Golfo y Alentar a Irán a aceptar nuevas negociaciones sobre el acuerdo nuclear. Un factor que contribuye al interés de Rusia en mejorar los lazos con los Estados Unidos es su deseo de lograr un rápido final de la crisis siria mientras se cobran las fichas que obtuvo en el país, así como de mejorar las relaciones con Occidente, a saber, Europa. con respecto a la esfera postsoviética, con la esperanza de que se eliminen las sanciones,

 

Aún así, sigue sin estar claro si la esperanza estadounidense de redactar entendimientos con Rusia se cumplirá. Cabe recordar que Rusia e Irán son socios en la lucha de la guerra siria junto con el régimen de Assad, aunque, como ya se dijo, las brechas en sus posiciones sobre la configuración del futuro de Siria se han ido incrementando gradualmente. Las tensiones también han aumentado entre ellos recientemente, a la luz de la crisis entre Irán y los Estados Unidos.

 

La intención de Rusia de cambiar el patrón de su cooperación con Irán mientras se acerca a Occidente y a Israel parece haberse decidido ya hace un año. Por ejemplo, el ruso propuso a Estados Unidos e Israel tanto en la cumbre de Helsinki de julio de 2018 como en la conferencia de París que se celebrará más adelante en noviembre, que obligaría a Irán a abandonar Siria. Sin embargo, parece que la implementación del plan encontró resistencia entre los jugadores influyentes dentro de Rusia, quienes temían un acercamiento con los Estados Unidos y un abandono de Irán y, por lo tanto, preferían una confrontación continua entre las superpotencias, con Irán como un socio anti-occidental. No obstante, parece que el presidente Putin recientemente logró progresar con esto, a pesar del hecho de que las brasas de la recalcitación de la oposición todavía están ardiendo. Por lo tanto, es demasiado pronto para evaluar qué tan serio es el liderazgo ruso sobre el plan. Su implementación todavía está muy lejos debido a la oposición de Irán y el régimen sirio.

 

El liderazgo ruso también ha hecho esfuerzos para mejorar las relaciones con Israel. Este esfuerzo ha sido especialmente notable dada la oposición dentro de Rusia a cambiar su política en el Medio Oriente. La crisis entre los países tras el incidente en el que un avión de reconocimiento ruso fue derribado sobre Siria en septiembre de 2018 fue avalada por la oposición. Terminó a fines de febrero de 2019, cuando, durante una reunión entre el presidente Putin y el primer ministro Netanyahu, Rusia le ofreció a Israel un nuevo marco para cooperar en la creación de un acuerdo en Siria que implicaría la eliminación de las fuerzas extranjeras, principalmente Irán, del territorio del país. . Es posible que este movimiento esté destinado a ayudar a avanzar los entendimientos entre Moscú y Washington.

 

Parece que Rusia también intentará alentar la salida de las fuerzas estadounidenses de Siria, aunque también exigirá que coordinen su salida con Moscú para que pueda hacer arreglos para llenar el vacío que los estadounidenses dejarán en el área noreste del país . El control de Assad es buscado por el régimen de Assad; los iraníes, que quieren controlar la frontera entre Irak y Siria y los campos minerales en el este de Siria; Combatientes kurdos bajo las Fuerzas Democráticas de Siria (SDF); y Turquía, que hará cualquier cosa para impedir la autonomía kurda en el norte.

 

En resumen, parece que la reunión ruso-estadounidense-israelí programada constituirá otra etapa en la renovación del diálogo entre Estados Unidos y Rusia, cuyo propósito principal es abordar asuntos que son cruciales para ambas partes en las esferas internacionales. En el marco de la reunión, se planea una discusión para redactar una política común con respecto a la influencia iraní y siria en ella, la eliminación de fuerzas extranjeras del territorio del país, así como un intento de reunir la voluntad de una acción conjunta para resolver los desafíos de la región. . En cuanto a Siria específicamente, las conversaciones se centrarán en la estabilización y en un acuerdo político para el país, pero es dudoso que Estados Unidos esté dispuesto a cooperar con Rusia a cambio de reconocer el régimen de Assad o ayudar a financiar la reconstrucción de Siria. En cuanto a Irán,

 

La elección de Israel como sede de la reunión fue para enfatizar su papel regional, especialmente dado el hecho de que el acercamiento ruso-estadounidense aún no ha ganado un amplio apoyo en los Estados Unidos ni en Rusia, para el caso. Es posible que tanto Washington como Moscú tengan interés en expresar su apoyo a Israel en el contexto de Siria y de Irán. Israel, que tiene un papel en este diálogo, tiene interés en participar en conversaciones sobre asuntos regionales relacionados con Siria e Irán. Sin embargo, al hacerlo, Israel también podría estar invitando a una medida de riesgo, ya que las conversaciones podrían conducir a acuerdos que se relacionarán principalmente con un acuerdo político y el apuntalamiento de la estabilidad de Siria, sin abordar los intereses israelíes en ese contexto.

 

De cualquier manera, la reunión en Israel de los asesores de seguridad nacional representa un logro diplomático para Israel. Incluso si los participantes no llegan a acuerdos prácticos sobre el futuro de Siria y la remoción de las fuerzas iraníes del país, el hecho mismo del evento mejora el estado de Israel y la posibilidad de que pueda ejercer influencia sobre un futuro alojamiento en Siria . Rusia ya ha prometido limitar la actividad iraní y, en ocasiones, toma medidas importantes para demostrar que está cumpliendo su promesa, incluso redistribuyendo las fuerzas y representantes de Irán lejos de la frontera con Israel.

 

Durante la reunión, el asesor ruso intentará ganar legitimidad para el continuo gobierno de Assad en Siria y reconocer que ganó la guerra civil y que es insustituible, al menos en los próximos años. Por lo tanto, es recomendable que Israel exija, a cambio de un reconocimiento del gobierno de Assad, el establecimiento de un canal de enlace militar con el régimen sirio, a fin de coordinar las expectativas: para evitar malentendidos; asegurar que el régimen impida la acción de grupos terroristas y representantes iraníes en los Altos del Golán; y para evitar una escalada debido a que cualquiera de los dos lados lea erróneamente las intenciones y acciones del otro.

Fuente: The Institute for National Security Studies

¿Existe estrategia estadounidense en Medio Oriente?

Federico Martín Gaón

Entre los analistas está en boga preguntarse cuál es la estrategia de Estados Unidos en Medio Oriente, si es que acaso existe. Como vengo discutiendo en este espacio, desde la presidencia de Barack Obama se percibe que la hegemonía norteamericana en tierras árabes está terminando.

Esta impresión estriba en una serie de decisiones de alto nivel que mermaron la reputación de Washington para con sus aliados. A los efectos de sintetizar, entre otras cosas podría decirse que la retirada estadounidense de Irak facilitó la rápida expansión de la insurgencia yihadista, dando pie al llamado Estado Islámico (ISIS). Durante la Primavera Árabe, la Casa Blanca abandonó a su suerte a los autócratas amigos, dando lugar a un renacimiento islamista que, en Egipto, llevó a los hermanos musulmanes al poder. En cambio, Obama no mostró empeño por apoyar revueltas populares en países enemigos, so pena de contrariar al Gobierno iraní con el que finalmente acodó el pacto nuclear. Tampoco hizo valer las líneas rojas que él mismo estableció para amedrentar al régimen damasceno, posibilitando que los rusos intervinieran Siria sin miedo a retaliaciones.

Indistintamente de si estas políticas constituyen errores o aciertos, la presidencia de Donald Trump parece seguir transitando por esta ruta. Más allá de una postura dura contra Irán, el mandatario anunció la retirada de un número reducido mas no obstante significante de tropas en Siria, ofreciendo concesiones gratuitas a rusos e iraníes. Si existe una estrategia estadounidense, esta podría describirse como un desentendimiento orquestado de Medio Oriente. Para los críticos, la ambigüedad distintiva del presidente habla más bien de un enajenamiento improvisado, sugiriendo que –si bien Estados Unidos está retirándose de dicha región– no sabe cómo hacerlo de forma ordenada y sin causar embrollos.

Esta es la disyuntiva que plantea la revista Mosaic a lo largo de cinco artículos publicados en enero y planteados con el formato de un debate. ¿Tiene Estados Unidos un plan para Medio Oriente?

Existe una estrategia: retirarse de Medio Oriente sin contrariar a los aliados es viable

Michael Doran introduce la cuestión argumentando la existencia de una estrategia racional de retirada que viene siendo ejecutada desde los tiempos de Obama. Se refiere a ella como “doctrina [Sarah] Palin”, en referencia a un postulado lacónico articulado por la antigua gobernadora de Alaska y excandidata a vicepresidente. En 2013, la republicana dijo tener la solución al problema de la conflagración siria, afirmando que lo mejor es “dejar que Alá lo resuelva”. Doran argumenta que, pese a diferencias políticas, tanto Obama como Trump han adoptado la creencia aislacionista de que las botas estadounidenses no contribuirán a la paz o a la seguridad de Medio Oriente, y que por tanto las opciones militares son una carga innecesaria en el tesoro nacional.

Para Doran, miembro del Hudson Institute, los marcados contrastes de estilo entre el demócrata y su sucesor republicano son un asunto secundario. En este sentido, poco importa que Obama diera la imagen de ser más sobrio y ordenado al llevar a cabo sus decisiones. Lo que sí vale, por otra parte, son las convicciones subyacentes entre uno y otro presidente. Aunque ambos líderes creen en la inutilidad de invertir recursos castrenses en una región tan convulsionada, Obama hipotetizaba que los históricos aliados de Washington no han hecho otra cosa salvo provocar conflicto y embarrar el escenario. Doran sugiere que Trump, en cambio, intenta ejecutar esta retirada sin contrariar innecesariamente a sus aliados históricos, mitigando así el impacto a la Casa Blanca.

Doran argumenta que Estados Unidos puede retener su influencia a través de sus aliados, por lo que debe empoderarlos y velar por sus intereses en el plano internacional. Identifica a Israel, Arabia Saudita y Turquía como los tres principales amigos de Washington capaces de hacer frente a tres problemas fundamentales en la región: las zonas o Estados fallidos como Siria y Yemen, los grupos terroristas o yihadistas sunitas, y finalmente las milicias chiitas vinculadas a Irán. Según esta mirada, con Obama Estados Unidos falló en avanzar una solución para estos problemas porque no hizo cosa relevante que no causara distancia con sus tres mejores aliados. Sucintamente hablando, el demócrata se peleó con los israelíes y los sauditas por su acercamiento a Irán, y se ganó el oprobio de Turquía por su asistencia a las fuerzas kurdas (YPG, SDF), empujando a Ankara a la órbita de influencia rusa.

El autor ilustra esta diferencia haciendo analogía a una mesa de negociaciones. Obama entendió Medio Oriente como si fuera una mesa redonda, en donde Irán y Rusia tenían un rol protagónico como pares de Estados Unidos. Obama creía que rusos e iraníes tenían ambiciones puramente defensivas y que las palabras duras eran solo eso: palabras; a lo sumo utilizadas para expresar frustración por la falta de legitimidad y seguridad en la arena internacional. Coincido con Doran al indicar que esta noción errada permitió a Teherán llevarse concesiones gratuitas, expandiendo sus operaciones militares en Irak, Siria y Yemen, haciendo de Medio Oriente un lugar más impredecible; socavando la imagen de Estados Unidos como un aliado confiable.

 

La concepción de Trump entiende a Medio Oriente como si fuera una mesa rectangular. En un lado están los norteamericanos y sus aliados tradicionales. En el otro, adversarios como Rusia, Irán, las milicias chiitas y los terroristas sunitas. Bajo este esquema, Estados Unidos tiene el desafió de elevar la capacidad de negociación y disuasión de sus amigos, a la par que debe mediar entre sus peleas internas

En definitiva, Doran sostiene que la única opción viable es utilizar este enfoque, acaso una visión pragmática o realista que hace a una estrategia coherente. Trump debe por tanto apoyar y aprovechar la capacidad de sus aliados para contener a los adversarios de Estados Unidos.

No existe una estrategia: un sistema de seguridad sin el componente militar es inviable

El primer comentario al artículo de Michael Doran lo hace Elliot Abrams, un prominente neoconservador que sirviera como asistente y consejero en las administraciones de Ronald Reagan, George W. Bush y Trump. (Recientemente ha sido nombrado Representante Especial para Venezuela). Para Abrams, la premisa fundamental que introduce Doran está errada. Es muy difícil sino imposible desentenderse militarmente de Medio Oriente y sin embargo velar por los intereses de los aliados, especialmente a la hora de contener a Rusia e Irán.

Abrams argumenta que para construir un sistema de seguridad es necesario ensuciarse las manos. No alcanza con facilitar inteligencia y armamento a los aliados. Si lo que se busca es disuadir a los enemigos y garantizar un orden regional favorable, inevitablemente hay que colocar fichas en el campo de juego. Esto no significa dar luz verde a una invasión a gran escala, o a la presencia indeterminada de grandes contingentes. Más bien, el veterano funcionario apunta a la necesidad de preservar la presencia de tropas en puntos vitales. Critica así –y creo que con justa razón– el impulso del presidente por evacuar a los 2.000 soldados asentados en Siria, decisión que le costó al comandante en jefe la renuncia de James Mattis, el hasta hace poco Secretario de Defensa, y el evidente malestar de John Bolton, el Consejo de Seguridad Nacional.

Tal como marca Abrams, existe consenso bipartisano acerca de la importancia de mantener números reducidos de tropas en Medio Oriente para prevenir mayor infiltración iraní, yihadista, o dar lugar a injerencia rusa: precisamente los problemas principales que Doran identifica. Por esta razón, Abrams duda de que Trump tenga la claridad que describe su contraparte cuando ilustra la mesa rectangular.

Para este autor, las decisiones de los últimos dos años reflejan el auge y decadencia de los múltiples personajes que tuvieron protagonismo en el proceso de toma de decisiones. El caso es visible con los constantes cambios de gabinete en la administración Trump. Desde este punto de vista, Doran interpreta una estrategia coherente para Medio Oriente en donde no la hay. Abrams asegura que la posición anterior es demasiado optimista, prometiendo falsamente resultados rápidos y baratos evitando el inevitable componente militar. La mejor apuesta, posiciona en cambio, consiste en exigir un liderazgo que entienda que no hay sistema defensivo sin la dimensión castrense y sin un involucramiento activo en los asuntos que competen a los intereses de seguridad nacional y a las metas de los aliados.

Estrategia o no: en Medio Oriente Estados Unidos es crónicamente inconsistente

Martin Kramer, historiador de Medio Oriente, interviene en segundo lugar. Kramer comienza por cuestionar la consistencia de Michael Doran, notando que antes de que Trump anunciara en diciembre que traería a los soldados en Siria a casa, el intelectual se mostraba en contra de tal medida. Efectivamente, hasta el año pasado Doran argumentaba que Washington tenía que sancionar una presencia permanente en Siria para evitar que Irán tenga acceso terrestre para aprovisionar a sus aliados desde Irak y a través del noreste sirio. Incluso llegó a recomendar el establecimiento de una base en el medio del país, situada en el valle de Éufrates, bajo la premisa de que esto contrarrestaría la influencia de Rusia.

Apoyándose en estas contradicciones, Kramer duda que la estrategia que Doran identifica tenga sentido o asegure tranquilidad a largo plazo. Según expone, dejar el vecindario árabe a la buena de Rusia e Irán es un riesgo elevado como para ser desdeñado. Cualquier garantía que Washington le ofrezca a sus aliados –como cancelar el plan nuclear con Irán, comprometerse a no apoyar a las fuerzas kurdas, o trasladar la embajada norteamericana a Jerusalén– difícilmente podrá servir de compensación por una geopolítica que los aliados interpretan como adversa y duradera.

Es imposible saber que actitud tomarán los sucesores de Trump cuando se enciendan las alarmas y los aliados pretendan cobrar la póliza de seguros ofrecida directa o indirectamente por el actual inquilino de la Casa Blanca. El rechazo de Trump al acuerdo nuclear pactado por Obama muestra que en el traspaso de poder no hay cauciones que aseguren que un presidente entrante respete lo que dijo su predecesor.

Sin embargo, Kramer piensa también que los aliados de Estados Unidos sobredimensionan muchos de los riesgos existentes en Medio Oriente. Duda de que Siria se vaya a convertir en un bastión iraní (yo también lo hago) a partir de la retirada de las tropas norteamericanas, pero así todo reconoce que dichas acciones son un golpe a la reputación y credibilidad de su país.

Ahora bien, el argumento que el autor quiere introducir tiene que ver con la reflexión que permite la perspectiva histórica. Tal y como Doran se muestra inconsistente, Estados Unidos es crónicamente ambivalente y contradictorio en su accionar en Medio Oriente, siendo rehén de la coyuntura internacional y las diferencias ideológicas entre republicanos y demócratas a lo largo del tiempo; problemas propios de cualquier potencia que además sea democrática. No por poco, consciente de esta inconsistencia recurrente, el liderazgo israelí está intentando capitalizar la pérdida de influencia estadounidense acercándose a sus vecinos y forjando un entendimiento con Rusia. (Recomiendo el magistral libro de Dennis Ross, Doomed to Succeed: The U.S.-Israel Relationship from Truman to Obama, que da cuenta de dichas inconsistencias norteamericanas a lo largo de las décadas).

No hay estrategia: tampoco aliados necesariamente confiables y permanentes

Steven A. Cook, miembro del Council on Foreign Relations, escribe la cuarta respuesta. Cook vuelve a la noción de una geopolítica adversa, coincidiendo en que los aliados de Estados Unidos recibirán con escepticismo cualquier consuelo que Washington pueda dispensar para mitigar el impacto de su aislacionismo. Como es el caso de la relación entre Israel y Rusia, esta coyuntura llevará a los tradicionales aliados a tomar cartas en el asunto y procurar la consecución de sus propios intereses, aún si deben contrariar las preferencias de Estados Unidos.

Esto puede ser dañino para la estrategia que Doran concibe. Para ilustrar, el autor se vale del caso de Arabia Saudita. Dejando de lado el asesinato (geopolíticamente incorrecto) del periodista Jamal Khashoggi en octubre del año pasado, Cook argumenta que los sauditas han actuado irresponsablemente en asuntos de elevada trascendencia, complicando y atentando contra el orden que Estados Unidos quisiera establecer. En otras palabras, aunque los aliados son en definitiva aliados, sin la supervisión que solo la presencia activa de la primera potencia mundial puede dar, el comportamiento de países amigos puede convertirse en un lastre y en un dolor de cabeza para la diplomacia estadounidense.

Cita por ejemplo la renuncia forzada que Riad le impuso al primer ministro libanés, Saad Hariri, en noviembre de 2017, por no ser lo suficientemente vocal en su oposición a Irán. Pero el tiro salió por la culata, pues los analistas coinciden en que el incidente fortaleció el agarre de Hezbollah en el país de los cedros. También cita el bloqueo saudita de Qatar en junio de ese mismo año, una medida que no ha tenido éxito en obligar a Doha a alejarse de Irán, creando una fractura en los países sunitas del Golfo; retrasando los esfuerzos norteamericanos por limitar la influencia iraní. Finalmente, Cook hace un análisis parecido en relación con la intervención sunita en la guerra civil en Yemen.

Por otro lado, el autor hace un balance más negativo de Turquía, cuestionando su papel como uno de los principales amigos de Estados Unidos en la región. Es una crítica similar a la que esbocé al abordar la membrecía de Turquía en la OTAN. Cook evoca la identidad islamista del Gobierno turco y menciona una medida afinidad entre Ankara y Teherán, incluyendo gestiones para ayudar a Irán a evadir sanciones internacionales. Asimismo, ataca el postulado de Doran de que Estados Unidos enojó sin necesidad a Recep Tayyip Erdogan al apoyar a los grupos kurdos que combatían al ISIS. Cook marca correctamente que Ankara fue reticente (algunos dirían cómplice) a enfrentarse a los yihadistas, siendo que no quería terminar por fortalecer a la resistencia kurda, especialmente tan cerca de la frontera turca. Visto así, el autor marca que Obama acudió a los kurdos solo después de que los turcos se rehusaran a ayudar en la lucha contra el califato.

 

Para Cook es evidente que es necesario replantear un sistema de seguridad sin Turquía, y la estrategia que Washington adopte tiene que prever que sus amigos de la vieja guardia kemalista ya se han jubilado, dando lugar a una nueva élite profundamente antiestadounidense. Por ello, el analista encuentra paradójico que Doran critique a Obama por poner a los adversarios en una posición de igualdad en la mesa redonda, y empero defienda la necesidad de apoyar a Turquía, un peso pesado que cuestiona con ahínco a Occidente.

Offshore balancing: un sistema de seguridad a lo Guerra Fría

Volviendo a las premisas, en los debates que plantea Mosaic el primer colaborador siempre tiene la oportunidad de responder las críticas de sus colegas. En este caso, Michael Doran revindica lo siguiente: pese al carácter imprevisible o desatinado del presidente, bajo su liderazgo Estados Unidos mantiene coherencia en cinco puntos principales.

Primero, la aversión por desplegar tropas en el terreno. Segundo, la determinación no obstante de utilizar la fuerza en ocasiones puntuales para intimidad a los adversarios. Tercero, su disposición mucho más favorable hacia los aliados que la que mostraba Obama. Cuarto, rechaza la anticuada noción izquierdista de que el conflicto israelí-palestino es la dinámica central del conflicto en Medio Oriente. Quinto, es muy hostil a Irán y consciente del riesgo que presentan sus ambiciones.

Concluye por consiguiente que, si la administración Trump produce caos, entonces se trata de un caos con una forma por lo pronto positiva. Asegura que no hay que sobredimensionar el riesgo que supone la retirada de tropas de Siria, y sostiene que durante la Guerra Fría Estados Unidos trabajó con sus aliados sin desplegar contingentes para no provocar a la Unión Soviética. Este es el sistema de seguridad que propone Doran: que los aliados persigan sus intereses, tomando en cuenta las preferencias norteamericanas a contraprestación de armamento, dinero y apoyo diplomático.

Sobre las aparentes contradicciones que subraya Martin Kramer, Doran se defiende admitiendo que, como perdió el debate, es momento de move on y seguir adelante. Ahora que la retirada de tropas se vuelve una realidad, es momento de abandonar las críticas y esbozar nuevos argumentos constructivos para refinar la estrategia de seguridad en Medio Oriente.

En cuanto a Turquía, a razón de los postulados de Steven Cook, Doran opina que su colega exagera el grado de amistad entre Ankara y Teherán, aludiendo a rivalidades geopolíticas históricas, incluyendo la actual tensión entre ambas capitales sobre la legitimidad del Gobierno de Bashar al-Assad. Y en defensa de Arabia Saudita, Doran cree que las políticas de Riad, aunque tal vez excesivas en su antiiranismo, no dejan de ser positivas para los objetivos estadounidenses. Para él, sus colegas exponen argumentos liberales, idealistas, ponderando consideraciones morales en donde no debería haberlas.

Tener valores en común no es prerrequisito para formar una alianza dentro de un sistema de seguridad. Lisa y llanamente, define que Washington necesita ser servicial a Turquía y perdonar los excesos de Arabia Saudita a los efectos de contrarrestar el orden estratégico que busca Irán. Este es un argumento muy parecido al que realizan los reconocidos teóricos realistas John Mearsheimer y Stephen Walt al hablar de offshore balancing, concibiendo a Estados Unidos como un “equilibrador a distancia”. Esta concepción propone utilizar a los aliados para dirimir la influencia de los poderes rivales, y solo intervenir militarmente cuando no quede otra salida.

En mis artículos suelo indicar que Estados Unidos parece no tener estrategia en Medio Oriente. El debate que ofrece Mosaic reafirma esta percepción. Las medidas contradictorias entre una administración y la siguiente hablan de visiones contrapuestas que a veces pueden confundirse como improvisación o desinterés. Haya estrategia o no, lo cierto es que Washington no tiene una política clara para con todas las partes involucradas. A mi criterio esto es grave. Para bien o para mal, las percepciones ocupan un papel central en las relaciones internacionales e influyen en el comportamiento de los Estados, tanto aliados como enemigos.

En mi opinión, el desentendimiento de los norteamericanos con Medio Oriente, orquestado o no, arriesga dar impresiones equivocadas. Por eso, de momento creo que el principal desafío de Estados Unidos en la materia consiste en encontrar un balancear entre políticas contradictorias, y reafirmar el tipo de equilibrio por el cual quisiera velar.

Fuente: https://federicogaon.com

¿Qué hiciste Trump?

Bryan Acuña, CCEIIMO

El presidente Donald Trump siguiendo sus promesas de campaña, tomo la decisión de sacar las tropas estadounidenses de Siria, o al menos de esa forma lo ha dejado entrever en estos días. El movimiento según indica, obedece a que han logrado vencer al DAESH, criterio no compartido por el resto de aliados de la OTAN, principalmente los países europeos que han formado parte de las operaciones; por ejemplo Francia y Alemania.

Y es que pese a lo manifestado por el presidente estadounidense, es imposible acabar con algo que surgió como un movimiento ideológico fuertemente viral. Lo que la coalición logró contra la estructura islamista fue desmembrar su pujante “empresa”, decapitar algunos de sus liderazgos y desperdigarlos por varias regiones donde se aprovechan de los vacíos legales y de poder para seguir actuando, como ocurre en Libia y en el Magreb africano. O actúan como “lobos solitarios” cometiendo atentados de baja intensidad, que se endosan fácilmente como logros de la “Guerra contra los infieles”.

El movimiento es tan repentino y sorpresivo que desubica a otros actores internacionales, haciendo pensar que el gobierno de Trump está entregando en bandeja de plata el dominio del Levante Mediterráneo al Kremlin; algo que ya domina de facto desde hace tiempo pero que con esta movida se haría oficial.

Sumaría además una zona de respiro para los intereses de la República Islámica de Irán en sus afanes por crecer en influencia en la región, sumando el poder que manifiesta en Siria, más lo logrado con la retirada de tropas estadounidenses de Irak, aplomado en el Líbano a través de fichas importantes en el poder político como militar por medio de Hezbollah, así como ser el soporte más importante del grupo islamista Hamas en Gaza, logrando así tener tres eventuales frentes para confrontar indirectamente a Israel a través de luchas de desgaste.

El retiro estadounidense significaría que en Israel tendrán que acostumbrarse a negociar en ruso, algo que ya de todos modos desde la época de Obama han logrado asimilar. Y si bien el gobierno de Trump ha sido el que mayores apoyos le ha brindado a Israel en las últimas décadas, salvo que el movimiento en Siria tenga “trampa”, esto le traerá dolores de cabeza a los israelíes, en un barrio donde no hay tiempo para aburrirse.

Mientras que por otro lado, se da por un hecho que Assad no será removido del poder y la victoria finalmente quedó en manos del líder alauita, aunque con un país resquebrajado por luchas tribales y sectarias que no facilitará el proceso de devolverlo a una condición anterior; eso simplemente no ocurrirá.

Por otro lado a los kurdos, una de las principales fuerzas que aprovecharon la ruptura momentánea del liderazgo sirio, quedan a la expectativa ante el temor que esto sea un retroceso, principalmente ante la amenaza de Turquía, quienes en su afán de tener más poder en Oriente Próximo decidan seguir minando el posicionamiento y autodeterminación kurda en la región, causando además que el gobierno de Ankara siga violando sistemáticamente los derechos de esta población. Además que las aspiraciones turcas son las de convertirse de nuevo en la principal potencia del mundo islámico en general, y es hacia donde Erdogan y sus seguidores apuntan desde hace años.

Regresando brevemente al tema kurdo, está claro que se desaprovechó la posibilidad de generar un enroque estratégico a través del fortalecimiento a las posiciones kurdas y se fue dejando una vez más en el olvido a esta nación que pudo transformarse en el pivote geopolítico que se necesitaba para romper con la media luna de dominio que ha estructurado inteligentemente Moscú en colaboración directa con Teherán y por el contrario en estos momentos por la coyuntura es posible que al menos en Siria los kurdos estén decididos en cierta forma alinearse con las fuerzas militares del gobierno de Assad contra los sueños expansionistas del gobierno de Recep Tayyip Erdogan.

Estados Unidos mantendrá sus apoyos a los aliados de la zona (Israel y Arabia Saudita principalmente), pero más desde el ámbito material, principalmente a través de la venta de armamento y equipo de defensa, pero en el terreno mantendrá cierta distancia. Sin embargo, cuidado con hacer una apreciación errónea, ya que Estados Unidos no se va del todo, aún poseen importantes bases militares en regiones aledañas, que de ver amenazados sus intereses estratégicos, regresaría a dar golpes en la mesa.

Pero la distancia que decidieron tomar, corta un importante canal de comunicación para consensuar una agenda que mantenga el equilibrio del poder favorable, decidiendo dar la iniciativa a otros actores que no desaprovecharán la oportunidad.

Fuente: El Mundo CR

Arabia Saudita y la derecha de Occidente: una alianza dudosa

Dr. James M. Dorsey

Documento de Perspectivas del Centro BESA No. 1,063, 14 de enero de 2019

RESUMEN EJECUTIVO: Mientras pretende estar centrado en promover una forma más tolerante del Islam, el Príncipe heredero de la Corona, Muhammad bin Salman, está instituyendo reformas que están diseñadas para centralizar el poder en torno a él. Sus movimientos incluyen abrazar a los grupos de extrema derecha europeos y occidentales que apenas son faros de tolerancia y respeto.

La financiación saudí, que tradicionalmente se centró en el Islam sunita ultraconservador, se ha optimizado y afinado en la era del Príncipe Heredero Muhammad bin Salman para garantizar que sirva a sus ambiciones geopolíticas. Esas ambiciones incluyen principalmente obstaculizar la expansión de la influencia iraní en Medio Oriente y África del Norte y mejorar el impacto global del reino.

Este esfuerzo ha producido una bolsa mixta hasta el momento. El gasto ha bajado pero está más orientado. Arabia Saudita, por ejemplo, entregó el control de la Gran Mezquita en Bruselas en un movimiento diseñado para demostrar la moderación recién encontrada en el reino y para reducir el daño a la reputación de una administración ultra conservadora saudita que se había vuelto polémica en Bélgica. Sin embargo, el dinero todavía fluye hacia las madrassas (seminarios religiosos) militantes y ultra conservadoras que salpican la frontera pakistaní-iraní. El enfoque del reino, además, ha cambiado en países seleccionados a la promoción de una línea de ultra-conservadurismo salafista que predica la obediencia absoluta al gobernante, un corolario de la represión del Príncipe Muhammad contra críticos y activistas en el país.

Las ONGs sauditas que alguna vez distribuyeron la generosidad del reino para promover el ultraconservador, así como los  funcionarios, han adoptado el lenguaje de la tolerancia y el respeto interreligioso  , pero hay pocos cambios tangibles en el país que lo respalden.

Sin duda, el Príncipe Muhammad ha levantado la prohibición de conducir a las mujeres, ha mejorado las oportunidades de trabajo y de ocio de las mujeres y ha puesto en marcha la creación de una moderna industria del entretenimiento. Pero ninguna de estas medidas equivale al cumplimiento de su promesa de fomentar una forma de Islam aún no identificada y verdaderamente moderada.

Además, los movimientos del príncipe han estado acompañados por un abrazo de la derecha europea y la extrema derecha, así como de los grupos ultraconservadores occidentales que, en general, apenas son faros de tolerancia y respeto mutuo.

«Arabia Saudita con MBS como Príncipe Heredero no ha estado defendiendo la reforma religiosa islámica», dijo el investigador de Oriente Medio, HA Hellyer, refiriéndose al líder saudí por sus iniciales.

«Al  establecimiento religioso saudí existente no se le ha alentado a participar en un replanteamiento genuino de sus ideas  que lo acerca a la corriente dominante sunní, ni a escuchar a los eruditos religiosos sauditas que abogan por enfoques más normativos y generales», agregó Hellyer. . Más bien, el establecimiento ha sido amordazado. Las «reformas» de MBS en este ámbito tienen que ver con la centralización del poder, no se trata de restaurar el establecimiento religioso saudí a un sunnismo normativo «.

El interés del príncipe Muhammad en los grupos ultraconservadores no musulmanes en Occidente se ajusta a un patrón global, resaltado por los científicos políticos Yascha Mounk y Roberto Stefan Foa, en el que los avances tecnológicos y la creciente importancia del poder blando, que son la raíz de la intervención rusa En elecciones en los Estados Unidos y Europa, han informado las políticas de información y relaciones públicas de varios estados autocráticos.

La tecnología y el poder blando, según Mounk y Foa, pueden generar  mayores esfuerzos por parte de los autoritarios y autócratas en general para influir en las naciones occidentales y socavar la confianza en la democracia .

“De hecho, China ya está aumentando la presión ideológica sobre sus residentes en el extranjero y está estableciendo institutos Confucio influyentes en los principales centros de aprendizaje. Y en los últimos dos años, Arabia Saudita ha aumentado dramáticamente sus pagos a los lobbistas estadounidenses registrados, aumentando el número de agentes extranjeros registrados que trabajan en su nombre de 25 a 145 … El aumento del poder blando autoritario ya es evidente en una variedad de dominios, «Incluyendo el mundo académico, la cultura popular, la inversión extranjera y la ayuda para el desarrollo», dijeron Mounk y Foa.

Además, Arabia Saudita, junto con otros Estados del Golfo, incluidos los Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Omán y Kuwait, así como China, han sido importantes donantes para las universidades occidentales y los think tanks. También han desarrollado medios de comunicación propios, como Al Jazeera de Qatar, TRT World de Turquía, CCTV de China y RT de Rusia. Estos puntos de venta llegan a audiencias globales y compiten con empresas como la BBC y la CNN.

La necesidad de Arabia Saudita de adquirir un poder blando fue arrastrada a casa por las  crecientes críticas occidentales de su guerra en Yemen y la condena del asesinato del periodista Jamal Khashoggi  en las instalaciones del consulado saudí en Estambul.

El esfuerzo de Arabia Saudita para lograrlo con el apoyo conservador, de derecha y de extrema derecha fue evidente en Irlanda del Norte. Investigando una notable campaña del Partido Unionista Democrático de Irlanda del Norte (DUP , por sus siglas en inglés) , un pilar de apoyo clave del gobierno de la PM británica Theresa May, a favor de la salida de Gran Bretaña de la UE, elcolumnista del Irish Times Fintan O’Toole sugirió que un miembro importante del fallo de Arabia Saudita El príncipe Nawaf bin Abdul Aziz al Saud, jefe de la familia y ex jefe del servicio de inteligencia del país, y su embajador recién sustituido en Gran Bretaña, financiaron el esfuerzo contra el Brexit mediante un enlace comercial con un activista conservador escocés relativamente oscuro. Medios modestos, Richard Cook.

El embajador, el príncipe Muhammad bin Nawaf al Saud, hijo del príncipe Nawaf, fue embajador de Arabia Saudita en Gran Bretaña hasta la reorganización del gabinete de Arabia Saudita el  mes pasado .

«Puede ser una total coincidencia que el hombre que canalizó £ 425,622 al DUP tuviera conexiones sauditas de tan alto nivel. Simplemente no lo sabemos. Tampoco sabemos si el … embajador saudí tenía conocimiento de la conexión de su padre con Richard Cook «, dijo O’Toole.

De manera similar, Arabia Saudita  invitó a docenas de miembros británicos del Parlamento a visitas pagadas con todos los gastos al reino  y bañó al menos a 50 miembros del gobierno, incluida la Sra. May, con  enormes canastas de alimentos que pesan hasta 18 libras .

Un paquete destinado a un miembro de la Cámara de los Lores incluía algas y mayonesa de ajo; salmón ahumado; truchas y mejillones; y un kilogramo de queso stilton. Otros contenían botellas de clarete, vino blanco, champán y whisky Talisker, a pesar de la prohibición del alcohol en el reino.

En un movimiento similar a los esfuerzos rusos para influir en la política europea,  Arabia Saudita también ha forjado vínculos estrechos con grupos conservadores y de extrema derecha en Europa. Esto incluye al Partido Popular Danés y a los Demócratas de Suecia, así como a otros islamófobos , según el miembro del Parlamento Europeo Eldar Mamedov.

Escribiendo en LobeLog, Mamedov dijo que el reino trabajaba con frecuencia a través del bloque europeo de conservadores y reformistas (ECR), la tercera agrupación más grande en el Parlamento Europeo. Arabia Saudita también contó con el apoyo del miembro del Parlamento Europeo, Mario Borghezio, de la italiana Lega, miembro de Europa de las Naciones y la Libertad (ENF), un bloque de partidos de extrema derecha en el Parlamento.

Aunque persigue objetivos diferentes, la estrategia del reino, en un giro de ironía, se asemeja en cierta medida a la de uno de sus nemeses, Nahdlatul Ulama de Indonesia, la ONG musulmana más grande del mundo. Nahdlatul Ulama se opone a la línea puritana del Islam grabada en el ADN de Arabia Saudita y ha establecido vínculos estrechos con la derecha europea y la extrema derecha en su intento de reformar la fe.

La estrategia saudí podría resultar complicada, especialmente en los EE. UU., Dependiendo de la evolución de la investigación del abogado especial de los EE. UU. Robert Mueller sobre la interferencia extranjera en las elecciones de 2016 que llevó al presidente Donald Trump al cargo.

Al parecer, Mueller está a punto de desvelar los esfuerzos de Arabia Saudita , su reputación en los EE. UU. Ya empañada por el asesinato de Khashoggi, y los Emiratos Árabes Unidos, el aliado más cercano del reino, para influir en la política estadounidense.

Dijo Harry Litman, un ex abogado de los Estados Unidos: “Supongo que lo que Mueller tiene hasta la fecha ha resultado ser bastante rico y detallado y más de lo que anticipamos. Esto podría convertirse en una parte rica de la historia en general «.

El Dr. James M. Dorsey, un Asociado Senior no residente en el Centro BESA, es un miembro senior de la Escuela de Estudios Internacionales S. Rajaratnam en la Universidad Tecnológica Nanyang de Singapur y codirector del Instituto de Cultura de Fans de la Universidad de Würzburg.

Fuente: BESA

La reforma islámica requiere renovación cultural y judicial

Por Imam Tawhidi

En los últimos años, la reforma en el Medio Oriente se ha desarrollado de manera interesante. Es importante reconocer los dos tipos de reforma: la reforma de las leyes religiosas y la reforma de las leyes gubernamentales. Por ejemplo: Arabia Saudita puede haber permitido que las mujeres conduzcan, pero sus leyes religiosas todavía gobiernan la decapitación de sus ciudadanos.

La reforma a nivel político debe ser lograda por los políticos, y la reforma a nivel religioso debe ser lograda por los líderes religiosos. Los líderes religiosos no deben involucrarse en la política, y los políticos no deben involucrarse en la religión. En este sentido, vale la pena mencionar que algunas terminologías pueden ser engañosas, por ejemplo, en Irán, la oposición islamista formada por clérigos se refiere a sí misma como «reformistas», cuando son simplemente islamistas con una visión política ligeramente diferente; Una que no rechaza los fundamentos de la teocracia actual, pero podría tener otras políticas económicas. Básicamente, radicales de un sabor diferente.

La reforma cultural, por otro lado, es mucho más fácil y más realista que la reforma religiosa. Si bien la reforma religiosa involucra la participación de todos los líderes religiosos y líderes religiosos, la reforma cultural es un desarrollo que ocurre local o nacionalmente; Porque no todos los musulmanes tienen la misma cultura.

Existen métodos básicos de progreso que podrían aplicarse instantáneamente, mientras trabajamos en otras áreas de nuestras culturas que requieren mejoras. Los uniformes escolares son un lugar clave para comenzar. Tener uniformes coloridos es mejor que los códigos de vestimenta negros que crean una atmósfera deprimente dentro de los sistemas educativos. Los libros de texto escolares deben revisarse para contener mejores versiones educativas, que se basen en hechos científicos en lugar de historias religiosas. Los medios de comunicación también pueden desempeñar un papel vital en la difusión de los esfuerzos de la reforma cultural para alentar a otras culturas dentro del mismo país y región geográfica.

En diciembre pasado, el Primer Ministro musulmán de Malasia, Mahathir Mohamad, dijo que se revisarán los programas educativos de su país. Él condenó el hecho de que a los sujetos islámicos se les da un gran énfasis, en lugar de alentar a los estudiantes a dominar temas como el idioma inglés, que podrían resultar en que tengan un futuro más brillante. También agregó que «cuando tienes demasiados clérigos, siempre difieren entre sí, y engañan a sus seguidores y se pelean entre ellos».

Los reformistas necesitan una visión clara de lo que están tratando. El islam es una religión sofisticada, y se requiere entrenamiento relevante para tener influencia en los legisladores y teólogos. Siempre hay que tener en cuenta que el Islam, aunque es una religión, se divide en cuatro aspectos: valores, rituales, legislación y política. Por lo tanto, es incorrecto que los reformistas se centren en la reforma política mientras ignoran la necesidad de reformas intelectuales y culturales. Las reformas deben llevarse a cabo juntas, y al mismo tiempo.

La noción de reforma, aunque no es nueva, sigue siendo ajena a la mente del individuo musulmán; Incluso para muchos de los intelectuales y profesores. Por lo tanto, es necesario que las sociedades musulmanas comprendan los objetivos detrás de cada movimiento reformista, para evitar choques y sentimientos de aislamiento. Los mecanismos y etapas de la reforma deben ser lo más transparentes posible, así como dar la oportunidad de oposición y diferencia de opinión entre la comunidad reformista.

Es necesario que los reformistas musulmanes conozcan sus roles en la sociedad y cumplan su misión principal: difundir la conciencia intelectual. Oriente Medio tiene una necesidad extrema de comprender la importancia de la libertad, la justicia y la igualdad. Luego debemos establecer institutos que transformen y entreguen estos valores a las personas.

Junto a la reforma de la cultura y el pensamiento religioso, se deben hacer esfuerzos hacia la reforma judicial. Uno de los dilemas comunes que enfrentan los jueces musulmanes dentro de las naciones islámicas es ser sometido a una enseñanza religiosa o verso coránico que proporciona solo una forma legítima de sentencia, independientemente de lo que crea la nación. En la mayoría de los casos, la sentencia bárbara se justifica con fines doctrinales, sectarios y autoritarios para legitimar el gobierno del tirano. Un claro ejemplo de esto es el movimiento islamista dentro del Islam que interpreta el Corán en un método que se adapta a sus agendas y deseos.

Nuestros problemas críticos permanecen en los aspectos legislativos y políticos. La jurisprudencia tradicional se ha convertido en una herramienta de la tiranía política y religiosa dentro de las sociedades musulmanas, y ha elevado a los humanos falibles para que se conviertan en el vínculo entre el musulmán individual y Dios, haciendo que parezca que Dios no puede ser alcanzado excepto a través del gobernante. Quizás esto explique los fracasos de reformistas anteriores, ya que habían ignorado la influencia de la ley Sharia en el sistema judicial, y muchos de ellos finalmente fueron sentenciados a ser ejecutados por ella.

Imam Tawhidi es un líder de la fe musulmana y el antiguo Imam de la Asociación Islámica de Australia del Sur.

Fuente: Albawaba