Santa Sofía y el orientalismo del siglo 21 Paulo Botta

Board of Directors
Por Paulo Botta (Instituto de Relaciones Internacionales Universidad Nacional de La Plata)*

La decisión del Presidente turco Recep Erdogan de hacer que la Catedral de Santa Sofía deje de ser un museo, lo que era desde 1934, y vuelva a ser utilizada como mezquita, es decir el uso que se le dio desde 1453 cuando los otomanos conquistaron Constantinopla hasta aquella fecha, ha acaparado la mayoría de los titulares de los medios que se ocupan de temas internacionales.

La decisión ha generado rechazo comprensible a nivel de las comunidades cristianas en aquel país y en el exterior, que ven esta decisión de Erdogan como un claro ejemplo de su política de “re-islamización” o de “neo-otomanismo”.

También fue rechazada por parte de los Estados Unidos y de la misma UNESCO. Rusia, por su parte, ha considerado al tema como una decisión de política interna turca, algo que tiene más de realismo político que cualquier otro componente.

Todas las reacciones externas eran esperables, y no podían dejar de realizarse, aunque más como una formalidad que con una clara voluntad de modificar la decisión turca.

Sin embargo, eso no es lo esencial a la hora de analizar lo realizado por el Presidente Erdogan sino que tanto la decisión de Erdogan como las reacciones generadas nos muestran importantes tendencias en el sistema internacional y entre quienes estamos interesados en analizarlo.

En primer lugar, hay que entender que se trata de una decisión motivada por factores internos así como derivados de la búsqueda de enfatizar un aspecto central de la identidad del país.

A nivel interno, en un contexto complicado, ya sea por la crisis económica o por el impacto social del coronavirus o el desgaste normal de un dirigente en el poder desde hace una década, Erdogan tiene una necesidad ineludible de dar a su base electoral algo que ya se había prometido pero que nunca, en más de una década al frente del país, había concretado: hacer que Santa Sofía vuelva a ser una mezquita. Se trata de un punto central en los musulmanes turcos que él representa.  Es un tema de importancia identitaria para su grupo político, aunque no era urgente.

Así, en medio de la actual crisis, que no es turca, ni regional, sino global, esta decisión aparece como un gesto poco costoso en términos políticos internacionales pero que le puede asegurar amplios beneficios internos.

Por otra parte, le asegura alcanzar dos elementos esenciales de toda política exterior: enfatizar su identidad islámica y ganar prestigio frente a otros actores que compartan estos valores. El precio a pagar, no ha sido muy alto. De nuevo, como cuando nos hemos referido a Putin, realismo puro.

Esta decisión debería hacernos ver, desde este rincón del mundo, desde “casi el fin del mundo”, parafraseando al Papa Francisco, ciertas tendencias actuales que pueden resultar de interés.

La identidad, por un lado, es un elemento esencial en toda sociedad. La autopercepción es incluso más influyente que la realidad misma. Afirmar ciertos aspectos de la vida social, como en este  caso la religión, es algo que comparten muchos líderes lo que no significa que lo hagan convencidos (no podemos juzgar su interior) pero entienden ese reflejo social y lo utilizan para construir poder.

En segundo lugar, varias décadas de internacionalismo liberal nos han hecho caer en una visión cómoda, simplificada e incorrecta de otras sociedades. Se cree que los valores propios, denominados occidentales, son universales y que todos deben aceptarlos so pena de ser considerados como parte de la pre-modernidad.

Lo cierto es que estos valores no son universales y que creerlo genera lo que denominados la “falacia del espejo”, es decir, pensar que los demás van a reaccionar como uno lo haría. Nada más alejado de la verdad. Para escapar a esa falacia es necesario conocer al otro, sus valores, su lógica discursiva interna, sus percepciones, y para ello hay que salir del punto de vista propio. Los orientalismos decimonónicos, que veían al otro como un objeto, han dado lugar a uno del siglo 21, donde se cree inocentemente que porque uno crea algo los demás deben de hacerlo, por el solo peso de la universalización forzada o indiscutible de esos valores occidentales.

Creo que en el fondo los aspavientos liberales no se originan en la incomodidad que les genera la idea que Santa Sofía sea una mezquita, en términos religiosos, sino que alguien no acepte sus valores, en términos políticos. No piden que Santa Sofía vuelva a ser una Catedral, sino que siga siendo un museo. Piden la continuidad del laicismo, no un regreso a valores cristianos. En un mundo donde se fortalecen las tendencias identitarias, muchas de ellas con base religiosa, la decisión de Erdogan les resulta tan extraña como si el reflejo del espejo no se moviera fielmente.

El próximo 24 de julio cuando Santa Sofía se convierta oficialmente en mezquita agregaremos un nuevo hito al listado que reúne los errores de comprensión al analizar otras sociedades que se mueven basadas en otros valores.

Hasta que no podamos desarrollar un conocimiento real y comprehensivo de otras sociedades y sus culturas políticas seguiremos sorprendiéndonos.

Argentina, como un país medio con escaso margen para el error o para dilapidar oportunidades, necesita más que nunca entender el mundo sin anteojeras ideológicas y sin esa expectativa de la universalización de valores, que no es la tendencia actual. Para ello las universidades y el desarrollo de los estudios regionales, cumplen un papel central.

Fuente: iri.edu.ar

* Paulo Botta es Coordinador del Departamento de Eurasia

Turquía, Pakistán, Malasia y Qatar forman una nueva y preocupante alianza

Fathom – Jonathan Spyer

Por JONATHAN SPYER*

Esta alianza emergente es un reflejo de un cambio de poder en el mundo islámico lejos de su centro árabe tradicional.

El nombre del predicador islamista salafista fugitivo Zakir Naik es poco conocido en Occidente. Naik, fundador de la Fundación de Investigación Islámica con sede en Mumbai, está siendo perseguido por las autoridades indias por cargos de lavado de dinero y discurso de odio.


Naik es un predicador islamista popular en su país natal. Se le conoce como «quizás el ideólogo salafista más influyente de la India» y «el evangelista salafista más importante del mundo». Sus puntos de vista sobre temas como la homosexualidad, la apostasía y los judíos son los esperados (los dos primeros merecen la pena de muerte, el tercero «controla EEUU»).

Las autoridades indias observan evidencia de que dos de los siete terroristas que llevaron a cabo un ataque mortal en un café en Dhaka, Bangladesh, el 1 de julio de 2016, se inspiraron en sus enseñanzas.


En sí mismo, el predicador fugitivo solo tiene un interés pasajero. Sin embargo, las actividades de Naik son dignas de mención, porque la lista de sus partidarios y sus actividades en su nombre arrojan luz sobre un nexo emergente en el mundo islámico que merece mayor atención.

Parece que esta alianza cristalizadora tendrá una consecuencia considerable en el período de apertura, sobre todo para Israel y algunos de sus socios en la región y más allá.

Huyendo de las autoridades indias, Naik ha sido el afortunado receptor de la residencia permanente en Malasia. Allí, su caso se ha convertido en una causa célebre. El Partido Islámico de Malasia, que tiene cuatro ministros en el gobierno actual, se opone vociferantemente a acceder a los llamados indios para su extradición.


Los informes en varios medios de comunicación indios afirman que la concesión (inusual) de residencia permanente al predicador fugitivo se produjo como resultado de una solicitud del gobierno de Pakistán. Los informes sugieren además que «Pakistán también está utilizando sus relaciones con Turquía y Qatar para proporcionar fondos a Zakir Naik».

Naik, por su parte, ha elogiado al presidente turco, Recep Tayyip Erdogan. Hablando con un grupo islamista, encabezado por Bilal Erdogan, en 2017, el predicador indio se refirió al líder turco como «uno de los pocos líderes musulmanes que tiene las agallas para apoyar abiertamente al Islam», y agregó: «Oh mundo musulmán, despierta. … Que Erdogan sea el próximo líder del mundo musulmán «.


LA DISPUTA en torno a Naik arroja luz sobre las florecientes relaciones entre tres países musulmanes importantes: Turquía, Pakistán y Malasia. Esta alianza emergente es un reflejo de un cambio de poder en el mundo islámico lejos de su centro árabe tradicional.


Ankara, Islamabad y Kuala Lumpur, con Qatar como socio adicional, constituyen hoy un nexo de poder emergente, construido alrededor de una orientación común hacia un Islam político sunita conservador. Este nexo está unido tanto por enemistades comunes como por afectos comunes. Sus enemigos son India, Israel y (a nivel retórico) el Occidente cristiano.


Mientras tanto, sus rivales dentro de la diplomacia del mundo islámico son Arabia Saudita, que tradicionalmente ha dominado la Organización de la Conferencia Islámica, el principal organismo diplomático panislámico y los Emiratos Árabes Unidos.


La cristalización de esta nueva alianza ha sido evidente durante algún tiempo. A fines de septiembre de 2019, Erdogan, el primer ministro malasio Mahathir Mohamad y el primer ministro paquistaní Imran Khan se reunieron al margen de la 74a Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York. Los tres acordaron en esa reunión establecer un canal de televisión en inglés para combatir la ‘islamofobia’ en Occidente.


Mahathir luego buscó convocar una cumbre en Kuala Lumpur, en diciembre de 2019, para identificar, según un comunicado de prensa que anunciaba la cumbre, «lo que salió mal, con el fin de reclamar la fama y la gloria del mundo musulmán de antaño». Al informar a los medios de comunicación en Putrajaya, Malasia, sobre la cumbre, Mahathir sugirió que «tal vez, puede considerarse como el primer paso hacia la reconstrucción de la gran civilización musulmana».


Los países invitados a la cumbre de Kuala Lumpur fueron Turquía, Pakistán, Qatar e Indonesia. Mahathir describió a los países invitados como «unas pocas personas que tienen la misma percepción del Islam y los problemas que enfrentan los musulmanes».


La posterior presión saudita sobre Pakistán impidió su asistencia a la cumbre de KL. Sin embargo, las actividades diplomáticas conjuntas de los países invitados han continuado a buen ritmo. Hasta ahora, estos esfuerzos se han dirigido principalmente a la India, con el foco en el tema del territorio en disputa de Cachemira.


Cachemira parece ser un asunto de particular interés para el presidente turco, en su esfuerzo por presentarse como un líder panislámico y en su deseo de acercarse a Pakistán.


Turquía celebró una conferencia internacional sobre el tema el 21 de noviembre de 2019. Un senador paquistaní, Sherry Rehmen, participó en esta reunión. Durante la visita de Erdogan a Pakistán a principios de 2020, el presidente turco mencionó a Cachemira seis veces durante un discurso de 25 minutos en una sesión conjunta del parlamento pakistaní.


Erdogan comparó a Cachemira con la lucha turca por Gallipoli contra los británicos y los franceses en la Primera Guerra Mundial. “Fue Canakkale ayer, y hoy es Cachemira. No hay diferencia ”, afirmó, en declaraciones que llevaron a la India a emitir una gestión oficial ante el embajador turco en Nueva Delhi, contra la injerencia en sus asuntos internos.


Malasia también adoptó un tono nuevo y vociferantemente crítico sobre el tema. Mahathir, poco antes de su renuncia a fines de 2019, dijo que India había «invadido y ocupado» Cachemira y estaba «tomando medidas para privar a algunos musulmanes de su ciudadanía».


Vale la pena señalar que, en contraste con este activismo diplomático, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos sostienen que Cachemira sigue siendo un asunto interno de la India.


Esto refleja la creciente cercanía entre Riad y Nueva Delhi, expresada también en las principales inversiones en India anunciadas por el Príncipe Heredero Mohammed bin Salman durante su visita a India en 2019.


La alianza emergente entre Turquía, Pakistán, Malasia y Qatar tiene sentido estratégico e ideológico desde el punto de vista de sus miembros.
Refleja el reposicionamiento actualmente en curso en Asia, a raíz de la hegemonía estadounidense posterior a la Guerra Fría. Estos países están unidos por una perspectiva central similar y tienen algunos adversarios emergentes comunes.

Turquía y Qatar, de hecho, han participado en una asociación de facto en la última década, basada en la oposición común a Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos. También están unidos en apoyo al Islam político sunita en toda la región en su forma de Hermandad Musulmana, y no menos importante en su iteración palestina: el movimiento Hamas. Pakistán y Malasia son reclutas naturales para este bloque emergente. India parece ser actualmente su principal objetivo diplomático.


Esta alianza también comparte una enemistad profunda con el estado judío. Sus adversarios, India y Emiratos Árabes Unidos, son socios estratégicos emergentes de Jerusalén. Zakir Naik, ubicado en Malasia, con cuentas bancarias de Qatar y el músculo diplomático de Pakistán y Turquía protegiéndolo, respirando fuego y azufre contra apóstatas, homosexuales y judíos, es su símbolo apropiado.

*El escritor es director del Centro de Informes y Análisis de Medio Oriente y miembro investigador del Foro de Medio Oriente y del Instituto de Estrategia y Seguridad de Jerusalén. Es autor de Days of the Fall: A Reporter’s Journey in the Syria and Iraq Wars.

¿Existe estrategia estadounidense en Medio Oriente?

Federico Martín Gaón

Entre los analistas está en boga preguntarse cuál es la estrategia de Estados Unidos en Medio Oriente, si es que acaso existe. Como vengo discutiendo en este espacio, desde la presidencia de Barack Obama se percibe que la hegemonía norteamericana en tierras árabes está terminando.

Esta impresión estriba en una serie de decisiones de alto nivel que mermaron la reputación de Washington para con sus aliados. A los efectos de sintetizar, entre otras cosas podría decirse que la retirada estadounidense de Irak facilitó la rápida expansión de la insurgencia yihadista, dando pie al llamado Estado Islámico (ISIS). Durante la Primavera Árabe, la Casa Blanca abandonó a su suerte a los autócratas amigos, dando lugar a un renacimiento islamista que, en Egipto, llevó a los hermanos musulmanes al poder. En cambio, Obama no mostró empeño por apoyar revueltas populares en países enemigos, so pena de contrariar al Gobierno iraní con el que finalmente acodó el pacto nuclear. Tampoco hizo valer las líneas rojas que él mismo estableció para amedrentar al régimen damasceno, posibilitando que los rusos intervinieran Siria sin miedo a retaliaciones.

Indistintamente de si estas políticas constituyen errores o aciertos, la presidencia de Donald Trump parece seguir transitando por esta ruta. Más allá de una postura dura contra Irán, el mandatario anunció la retirada de un número reducido mas no obstante significante de tropas en Siria, ofreciendo concesiones gratuitas a rusos e iraníes. Si existe una estrategia estadounidense, esta podría describirse como un desentendimiento orquestado de Medio Oriente. Para los críticos, la ambigüedad distintiva del presidente habla más bien de un enajenamiento improvisado, sugiriendo que –si bien Estados Unidos está retirándose de dicha región– no sabe cómo hacerlo de forma ordenada y sin causar embrollos.

Esta es la disyuntiva que plantea la revista Mosaic a lo largo de cinco artículos publicados en enero y planteados con el formato de un debate. ¿Tiene Estados Unidos un plan para Medio Oriente?

Existe una estrategia: retirarse de Medio Oriente sin contrariar a los aliados es viable

Michael Doran introduce la cuestión argumentando la existencia de una estrategia racional de retirada que viene siendo ejecutada desde los tiempos de Obama. Se refiere a ella como “doctrina [Sarah] Palin”, en referencia a un postulado lacónico articulado por la antigua gobernadora de Alaska y excandidata a vicepresidente. En 2013, la republicana dijo tener la solución al problema de la conflagración siria, afirmando que lo mejor es “dejar que Alá lo resuelva”. Doran argumenta que, pese a diferencias políticas, tanto Obama como Trump han adoptado la creencia aislacionista de que las botas estadounidenses no contribuirán a la paz o a la seguridad de Medio Oriente, y que por tanto las opciones militares son una carga innecesaria en el tesoro nacional.

Para Doran, miembro del Hudson Institute, los marcados contrastes de estilo entre el demócrata y su sucesor republicano son un asunto secundario. En este sentido, poco importa que Obama diera la imagen de ser más sobrio y ordenado al llevar a cabo sus decisiones. Lo que sí vale, por otra parte, son las convicciones subyacentes entre uno y otro presidente. Aunque ambos líderes creen en la inutilidad de invertir recursos castrenses en una región tan convulsionada, Obama hipotetizaba que los históricos aliados de Washington no han hecho otra cosa salvo provocar conflicto y embarrar el escenario. Doran sugiere que Trump, en cambio, intenta ejecutar esta retirada sin contrariar innecesariamente a sus aliados históricos, mitigando así el impacto a la Casa Blanca.

Doran argumenta que Estados Unidos puede retener su influencia a través de sus aliados, por lo que debe empoderarlos y velar por sus intereses en el plano internacional. Identifica a Israel, Arabia Saudita y Turquía como los tres principales amigos de Washington capaces de hacer frente a tres problemas fundamentales en la región: las zonas o Estados fallidos como Siria y Yemen, los grupos terroristas o yihadistas sunitas, y finalmente las milicias chiitas vinculadas a Irán. Según esta mirada, con Obama Estados Unidos falló en avanzar una solución para estos problemas porque no hizo cosa relevante que no causara distancia con sus tres mejores aliados. Sucintamente hablando, el demócrata se peleó con los israelíes y los sauditas por su acercamiento a Irán, y se ganó el oprobio de Turquía por su asistencia a las fuerzas kurdas (YPG, SDF), empujando a Ankara a la órbita de influencia rusa.

El autor ilustra esta diferencia haciendo analogía a una mesa de negociaciones. Obama entendió Medio Oriente como si fuera una mesa redonda, en donde Irán y Rusia tenían un rol protagónico como pares de Estados Unidos. Obama creía que rusos e iraníes tenían ambiciones puramente defensivas y que las palabras duras eran solo eso: palabras; a lo sumo utilizadas para expresar frustración por la falta de legitimidad y seguridad en la arena internacional. Coincido con Doran al indicar que esta noción errada permitió a Teherán llevarse concesiones gratuitas, expandiendo sus operaciones militares en Irak, Siria y Yemen, haciendo de Medio Oriente un lugar más impredecible; socavando la imagen de Estados Unidos como un aliado confiable.

 

La concepción de Trump entiende a Medio Oriente como si fuera una mesa rectangular. En un lado están los norteamericanos y sus aliados tradicionales. En el otro, adversarios como Rusia, Irán, las milicias chiitas y los terroristas sunitas. Bajo este esquema, Estados Unidos tiene el desafió de elevar la capacidad de negociación y disuasión de sus amigos, a la par que debe mediar entre sus peleas internas

En definitiva, Doran sostiene que la única opción viable es utilizar este enfoque, acaso una visión pragmática o realista que hace a una estrategia coherente. Trump debe por tanto apoyar y aprovechar la capacidad de sus aliados para contener a los adversarios de Estados Unidos.

No existe una estrategia: un sistema de seguridad sin el componente militar es inviable

El primer comentario al artículo de Michael Doran lo hace Elliot Abrams, un prominente neoconservador que sirviera como asistente y consejero en las administraciones de Ronald Reagan, George W. Bush y Trump. (Recientemente ha sido nombrado Representante Especial para Venezuela). Para Abrams, la premisa fundamental que introduce Doran está errada. Es muy difícil sino imposible desentenderse militarmente de Medio Oriente y sin embargo velar por los intereses de los aliados, especialmente a la hora de contener a Rusia e Irán.

Abrams argumenta que para construir un sistema de seguridad es necesario ensuciarse las manos. No alcanza con facilitar inteligencia y armamento a los aliados. Si lo que se busca es disuadir a los enemigos y garantizar un orden regional favorable, inevitablemente hay que colocar fichas en el campo de juego. Esto no significa dar luz verde a una invasión a gran escala, o a la presencia indeterminada de grandes contingentes. Más bien, el veterano funcionario apunta a la necesidad de preservar la presencia de tropas en puntos vitales. Critica así –y creo que con justa razón– el impulso del presidente por evacuar a los 2.000 soldados asentados en Siria, decisión que le costó al comandante en jefe la renuncia de James Mattis, el hasta hace poco Secretario de Defensa, y el evidente malestar de John Bolton, el Consejo de Seguridad Nacional.

Tal como marca Abrams, existe consenso bipartisano acerca de la importancia de mantener números reducidos de tropas en Medio Oriente para prevenir mayor infiltración iraní, yihadista, o dar lugar a injerencia rusa: precisamente los problemas principales que Doran identifica. Por esta razón, Abrams duda de que Trump tenga la claridad que describe su contraparte cuando ilustra la mesa rectangular.

Para este autor, las decisiones de los últimos dos años reflejan el auge y decadencia de los múltiples personajes que tuvieron protagonismo en el proceso de toma de decisiones. El caso es visible con los constantes cambios de gabinete en la administración Trump. Desde este punto de vista, Doran interpreta una estrategia coherente para Medio Oriente en donde no la hay. Abrams asegura que la posición anterior es demasiado optimista, prometiendo falsamente resultados rápidos y baratos evitando el inevitable componente militar. La mejor apuesta, posiciona en cambio, consiste en exigir un liderazgo que entienda que no hay sistema defensivo sin la dimensión castrense y sin un involucramiento activo en los asuntos que competen a los intereses de seguridad nacional y a las metas de los aliados.

Estrategia o no: en Medio Oriente Estados Unidos es crónicamente inconsistente

Martin Kramer, historiador de Medio Oriente, interviene en segundo lugar. Kramer comienza por cuestionar la consistencia de Michael Doran, notando que antes de que Trump anunciara en diciembre que traería a los soldados en Siria a casa, el intelectual se mostraba en contra de tal medida. Efectivamente, hasta el año pasado Doran argumentaba que Washington tenía que sancionar una presencia permanente en Siria para evitar que Irán tenga acceso terrestre para aprovisionar a sus aliados desde Irak y a través del noreste sirio. Incluso llegó a recomendar el establecimiento de una base en el medio del país, situada en el valle de Éufrates, bajo la premisa de que esto contrarrestaría la influencia de Rusia.

Apoyándose en estas contradicciones, Kramer duda que la estrategia que Doran identifica tenga sentido o asegure tranquilidad a largo plazo. Según expone, dejar el vecindario árabe a la buena de Rusia e Irán es un riesgo elevado como para ser desdeñado. Cualquier garantía que Washington le ofrezca a sus aliados –como cancelar el plan nuclear con Irán, comprometerse a no apoyar a las fuerzas kurdas, o trasladar la embajada norteamericana a Jerusalén– difícilmente podrá servir de compensación por una geopolítica que los aliados interpretan como adversa y duradera.

Es imposible saber que actitud tomarán los sucesores de Trump cuando se enciendan las alarmas y los aliados pretendan cobrar la póliza de seguros ofrecida directa o indirectamente por el actual inquilino de la Casa Blanca. El rechazo de Trump al acuerdo nuclear pactado por Obama muestra que en el traspaso de poder no hay cauciones que aseguren que un presidente entrante respete lo que dijo su predecesor.

Sin embargo, Kramer piensa también que los aliados de Estados Unidos sobredimensionan muchos de los riesgos existentes en Medio Oriente. Duda de que Siria se vaya a convertir en un bastión iraní (yo también lo hago) a partir de la retirada de las tropas norteamericanas, pero así todo reconoce que dichas acciones son un golpe a la reputación y credibilidad de su país.

Ahora bien, el argumento que el autor quiere introducir tiene que ver con la reflexión que permite la perspectiva histórica. Tal y como Doran se muestra inconsistente, Estados Unidos es crónicamente ambivalente y contradictorio en su accionar en Medio Oriente, siendo rehén de la coyuntura internacional y las diferencias ideológicas entre republicanos y demócratas a lo largo del tiempo; problemas propios de cualquier potencia que además sea democrática. No por poco, consciente de esta inconsistencia recurrente, el liderazgo israelí está intentando capitalizar la pérdida de influencia estadounidense acercándose a sus vecinos y forjando un entendimiento con Rusia. (Recomiendo el magistral libro de Dennis Ross, Doomed to Succeed: The U.S.-Israel Relationship from Truman to Obama, que da cuenta de dichas inconsistencias norteamericanas a lo largo de las décadas).

No hay estrategia: tampoco aliados necesariamente confiables y permanentes

Steven A. Cook, miembro del Council on Foreign Relations, escribe la cuarta respuesta. Cook vuelve a la noción de una geopolítica adversa, coincidiendo en que los aliados de Estados Unidos recibirán con escepticismo cualquier consuelo que Washington pueda dispensar para mitigar el impacto de su aislacionismo. Como es el caso de la relación entre Israel y Rusia, esta coyuntura llevará a los tradicionales aliados a tomar cartas en el asunto y procurar la consecución de sus propios intereses, aún si deben contrariar las preferencias de Estados Unidos.

Esto puede ser dañino para la estrategia que Doran concibe. Para ilustrar, el autor se vale del caso de Arabia Saudita. Dejando de lado el asesinato (geopolíticamente incorrecto) del periodista Jamal Khashoggi en octubre del año pasado, Cook argumenta que los sauditas han actuado irresponsablemente en asuntos de elevada trascendencia, complicando y atentando contra el orden que Estados Unidos quisiera establecer. En otras palabras, aunque los aliados son en definitiva aliados, sin la supervisión que solo la presencia activa de la primera potencia mundial puede dar, el comportamiento de países amigos puede convertirse en un lastre y en un dolor de cabeza para la diplomacia estadounidense.

Cita por ejemplo la renuncia forzada que Riad le impuso al primer ministro libanés, Saad Hariri, en noviembre de 2017, por no ser lo suficientemente vocal en su oposición a Irán. Pero el tiro salió por la culata, pues los analistas coinciden en que el incidente fortaleció el agarre de Hezbollah en el país de los cedros. También cita el bloqueo saudita de Qatar en junio de ese mismo año, una medida que no ha tenido éxito en obligar a Doha a alejarse de Irán, creando una fractura en los países sunitas del Golfo; retrasando los esfuerzos norteamericanos por limitar la influencia iraní. Finalmente, Cook hace un análisis parecido en relación con la intervención sunita en la guerra civil en Yemen.

Por otro lado, el autor hace un balance más negativo de Turquía, cuestionando su papel como uno de los principales amigos de Estados Unidos en la región. Es una crítica similar a la que esbocé al abordar la membrecía de Turquía en la OTAN. Cook evoca la identidad islamista del Gobierno turco y menciona una medida afinidad entre Ankara y Teherán, incluyendo gestiones para ayudar a Irán a evadir sanciones internacionales. Asimismo, ataca el postulado de Doran de que Estados Unidos enojó sin necesidad a Recep Tayyip Erdogan al apoyar a los grupos kurdos que combatían al ISIS. Cook marca correctamente que Ankara fue reticente (algunos dirían cómplice) a enfrentarse a los yihadistas, siendo que no quería terminar por fortalecer a la resistencia kurda, especialmente tan cerca de la frontera turca. Visto así, el autor marca que Obama acudió a los kurdos solo después de que los turcos se rehusaran a ayudar en la lucha contra el califato.

 

Para Cook es evidente que es necesario replantear un sistema de seguridad sin Turquía, y la estrategia que Washington adopte tiene que prever que sus amigos de la vieja guardia kemalista ya se han jubilado, dando lugar a una nueva élite profundamente antiestadounidense. Por ello, el analista encuentra paradójico que Doran critique a Obama por poner a los adversarios en una posición de igualdad en la mesa redonda, y empero defienda la necesidad de apoyar a Turquía, un peso pesado que cuestiona con ahínco a Occidente.

Offshore balancing: un sistema de seguridad a lo Guerra Fría

Volviendo a las premisas, en los debates que plantea Mosaic el primer colaborador siempre tiene la oportunidad de responder las críticas de sus colegas. En este caso, Michael Doran revindica lo siguiente: pese al carácter imprevisible o desatinado del presidente, bajo su liderazgo Estados Unidos mantiene coherencia en cinco puntos principales.

Primero, la aversión por desplegar tropas en el terreno. Segundo, la determinación no obstante de utilizar la fuerza en ocasiones puntuales para intimidad a los adversarios. Tercero, su disposición mucho más favorable hacia los aliados que la que mostraba Obama. Cuarto, rechaza la anticuada noción izquierdista de que el conflicto israelí-palestino es la dinámica central del conflicto en Medio Oriente. Quinto, es muy hostil a Irán y consciente del riesgo que presentan sus ambiciones.

Concluye por consiguiente que, si la administración Trump produce caos, entonces se trata de un caos con una forma por lo pronto positiva. Asegura que no hay que sobredimensionar el riesgo que supone la retirada de tropas de Siria, y sostiene que durante la Guerra Fría Estados Unidos trabajó con sus aliados sin desplegar contingentes para no provocar a la Unión Soviética. Este es el sistema de seguridad que propone Doran: que los aliados persigan sus intereses, tomando en cuenta las preferencias norteamericanas a contraprestación de armamento, dinero y apoyo diplomático.

Sobre las aparentes contradicciones que subraya Martin Kramer, Doran se defiende admitiendo que, como perdió el debate, es momento de move on y seguir adelante. Ahora que la retirada de tropas se vuelve una realidad, es momento de abandonar las críticas y esbozar nuevos argumentos constructivos para refinar la estrategia de seguridad en Medio Oriente.

En cuanto a Turquía, a razón de los postulados de Steven Cook, Doran opina que su colega exagera el grado de amistad entre Ankara y Teherán, aludiendo a rivalidades geopolíticas históricas, incluyendo la actual tensión entre ambas capitales sobre la legitimidad del Gobierno de Bashar al-Assad. Y en defensa de Arabia Saudita, Doran cree que las políticas de Riad, aunque tal vez excesivas en su antiiranismo, no dejan de ser positivas para los objetivos estadounidenses. Para él, sus colegas exponen argumentos liberales, idealistas, ponderando consideraciones morales en donde no debería haberlas.

Tener valores en común no es prerrequisito para formar una alianza dentro de un sistema de seguridad. Lisa y llanamente, define que Washington necesita ser servicial a Turquía y perdonar los excesos de Arabia Saudita a los efectos de contrarrestar el orden estratégico que busca Irán. Este es un argumento muy parecido al que realizan los reconocidos teóricos realistas John Mearsheimer y Stephen Walt al hablar de offshore balancing, concibiendo a Estados Unidos como un “equilibrador a distancia”. Esta concepción propone utilizar a los aliados para dirimir la influencia de los poderes rivales, y solo intervenir militarmente cuando no quede otra salida.

En mis artículos suelo indicar que Estados Unidos parece no tener estrategia en Medio Oriente. El debate que ofrece Mosaic reafirma esta percepción. Las medidas contradictorias entre una administración y la siguiente hablan de visiones contrapuestas que a veces pueden confundirse como improvisación o desinterés. Haya estrategia o no, lo cierto es que Washington no tiene una política clara para con todas las partes involucradas. A mi criterio esto es grave. Para bien o para mal, las percepciones ocupan un papel central en las relaciones internacionales e influyen en el comportamiento de los Estados, tanto aliados como enemigos.

En mi opinión, el desentendimiento de los norteamericanos con Medio Oriente, orquestado o no, arriesga dar impresiones equivocadas. Por eso, de momento creo que el principal desafío de Estados Unidos en la materia consiste en encontrar un balancear entre políticas contradictorias, y reafirmar el tipo de equilibrio por el cual quisiera velar.

Fuente: https://federicogaon.com

El titular del New York Times culpa a Israel por el asesinato de un columnista saudí

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Ira Stoll*

«Goyim asesinan a goyim, e inmediatamente vinieron a ahorcar a los judíos», fue el memorable comentario de Menachem Begin  en 1982, luego de que cristianos libaneses mataran a árabes palestinos en Beirut.

Cualquiera que sea el punto de vista de la culpabilidad israelí en las masacres en los campos de refugiados palestinos de Sabra y Shatilla en 1982, una comisión de investigación israelí finalmente encontró a Israel como indirectamente responsable: el patrón que se observa luego se muestra nuevamente 36 años después. Los árabes matan a otro árabe, e Israel es culpado.

El último caso de este fenómeno involucra al columnista del Washington Post en el Arabia Saudita Jamal Khashoggi, quien al parecer fue asesinado y desmembrado por un grupo de agentes saudíes en el consulado saudí en Estambul. Los sauditas matan a un saudí, y ¿a quién culpan? Tienes una conjetura:

«Software israelí ayudó a los saudis espías en Khashoggi, dice la demanda» es el titular de la web The New York Times cuelga sobre su propio artículo . El Times informa: «Un disidente saudí cercano al periodista asesinado Jamal Khashoggi ha presentado una demanda en la que afirma que una empresa de software israelí ayudó a la corte real a tomar su teléfono inteligente y espiar sus comunicaciones con el Sr. Khashoggi».

El Times , por desgracia, no aplica mucho escepticismo a esta extraña teoría de la culpabilidad. El periódico no pregunta, diga, por qué la nacionalidad israelí del software saudí es de alguna manera un tema clave, o, digamos, qué país fabricó las armas que los saudíes usaron para matar a Khashoggi, los autos que manejaron hacia y desde el consulado, el avión en el que volaban dentro y fuera del país, los teléfonos o computadoras que usaban para planificar y llevar a cabo la misión, o los zapatos y calcetines que usaban mientras caminaban hacia y desde la supuesta escena del crimen. Si el software se hubiera creado en Silicon Valley, o en Shanghai, ¿realmente creemos que el Times , o el disidente litigioso saudí, se quejaría de ello?

El Times informa que «la demanda fue presentada por un abogado israelí, Alaa Mahajna, en cooperación con Mazen Masri, un profesor de la City University de Londres». El Times elige identificar a Mahajna como un israelí, pero no menciona el trabajo de Masri «como asesor legal del Departamento de Asuntos de Negociaciones de la Organización de Liberación de Palestina».

*Ira Stoll es el ex editor general de The Forward y el editor norteamericano de The Jerusalem Post .

Fuente: Algemeiner.