Terrorismo con bandera verde

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Eduardo Kohn

“Destrozaremos a nuestros enemigos. Así lo hemos decidido. Tenemos un plan muy claro para hacerlo. Estamos organizados, motivados, tenemos fe, tenemos el martirologio, tenemos la Jihad, porque la espada de nuestra nación está fuera de su funda pronta para atacar”.

Así ha hablado el nuevo jefe de la Guardia Revolucionaria de Irán, Hossein Salami, designado por el Ayatollah Ali Khamenei hace pocos días. Guardia Revolucionaria que ha sido declarada como lo que es por Estados Unidos: una organización terrorista. Guardia Revolucionaria que la tenemos bien cerca en Venezuela apoyando el régimen de Nicolás Maduro.

Hace menos de dos meses, Salami dijo: “estamos todos sosteniendo el estandarte. Hemos hecho un juramento. Esto es lo que somos. No fuimos creados para este mundo. Fuimos elegidos para librar la Jihad. Vamos a luchar contra ellos a nivel global, no sólo en un lugar. Nuestra guerra no es una guerra local. Tenemos planes para derrotar a las potencias mundiales. Estamos planeando quebrar a Estados Unidos, Israel y sus socios y aliados. Nuestras fuerzas terrestres deben limpiar el planeta de la suciedad de su existencia”.

Sería muy pueril tomar las declaraciones de Salami como una bravuconada o algo similar. El terrorismo de Hamas, Hizbollah, apoyados, financiados, entrenados por Irán muestran la realidad de las barbaries terroristas en Medio Oriente desde hace mucho tiempo. La injerencia de Irán en la guerra en Siria y las bestiales matanzas que han cometido no desmienten sino que afirman el discurso de odio de Salami.

Cuando este movimiento de jefes de la Guardia Revolucionaria iraní levantaba alertas en Medio Oriente, Estados Unidos, América Latina, cuando los observadores repasaban la trayectoria del cuerpo de élite iraní en la guerra en Siria defendiendo a Assad, o sea, asesinando civiles sirios a diestra y siniestra, otro terrorismo, pero terrorismo al fin, generó hace 5 días una de las peores masacres de los últimos tiempos en Sri Lanka.

Enseguida, casi hasta simultáneamente, todo el liderazgo mundial de todos los continentes condenó enérgicamente el asesinato de cristianos en pleno domingo de Pascuas: 350 muertos y 650 heridos que suman con los días más fallecidos y daños irreparables.

Esta masacre lleva el nombre de ISIS o Estado Islámico. Otra forma de terrorismo que no difiere de los demás ni en el odio, ni en los objetivos: hay que matar a todos porque todos son el diferente, todos son infieles.

La prestigiosa periodista Ana Beris ha sido muy gráfica con la descripción de la capacidad actual de ISIS cuando señala que ISIS perdió la base territorial que tenía, y que no contar con esa base, le dificulta las cosas desde un punto de vista operativo y económico. Pero el arma central de ISIS es el envenenamiento de las mentes, la radicalización de creyentes a los que convierte en fanáticos dispuestos a morir y matar por Alá. Y eso se desarrolla por las oscuras vías de la web y las redes, aunque no tenga base territorial.

Y aunque Irak y Siria ya no son la base segura del ISIS, en la práctica están presentes físicamente en otros lados: Filipinas, Libia, en diferentes partes de Asia y África. Y Sri Lanka. Con distribución mundial de la foto de los siete asesinos que devastaron centenares de familias en Sri Lanka, en nombre de de ese odio que expanden en nombre de un dios y sin diferenciarse de otros terrorismos que también invocan la muerte como algo santo.

Cabe preguntarse ahora por qué tanta impunidad. Veamos.

Después de la condena generalizada del domingo pasado, los mismos que hacen declaraciones de solidaridad deben saber que el juego retórico y la inacción dentro de las posibilidades que tienen en organismos ejecutivos de la comunidad internacional, ya cansa y no convence a nadie.

Todos, no importa donde vivamos, somos víctimas de los extremistas, los radicales y el terrorismo.

Y vamos a seguir doblados de dolor ante tragedias como la de Sri Lanka si las condenas vocingleras de los fuertes valen tanto como la impotencia que tenemos los que andamos de a pie, para defendernos.

¿Qué ha sucedido en el marco del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas cuando un estado miembro de la Organización declara que tienen la guerra santa para “limpiar el planeta de la suciedad” de otros dos Estados miembros?

¿En qué marco jurídico de Naciones Unidas está establecido que amenazar la existencia de un Estado miembro merece el silencio que a la larga da legitimidad a la amenaza aunque sea una brutalidad?

Sin embargo, Naciones Unidas hace memorándums de entendimiento con el Estado que amenaza con exterminios y guerras. Ese es el rol que juega el máximo organismo de la comunidad internacional. Un rol que lo distingue por lo nefasto y que lo acerca a la malhadada Sociedad de Naciones de la década del 30 que también supo escuchar a Hitler en silencio.

¿Y dónde está el Consejo de Derechos Humanos ante la barbarie de Sri Lanka?¿Dónde está la reunión de emergencia para apoyar al gobierno de Sri Lanka contra la agresión terrorista?¿Dónde están las comisiones investigadoras que tanto le gusta formar al Consejo de DDHH para atacar el foco central del movimiento del terrorismo paseando por países que son miembros de Naciones Unidas?

La declaraciones vacías y la amoralidad de los que sí deben actuar son los mejores socios de todo el movimiento terrorista, venga desde un Estado, o llegue desde una organización que encuentra sede en varios Estados.

Por eso estamos todos en peligro diario y permanente. Por el silencio. Por la complicidad. Por la indiferencia. Porque ISIS declaró que mató a los Cruzados en Sri Lanka, y la reacción, más allá de palabras, es inmisericorde. Pero no nos equivoquemos. Los que deben hacer y callan, también son víctimas potenciales. La complicidad no protege a nadie.

 

Fuente: Radio Jai.

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